Misoginia, racismo y homofobia

Aseguran que la reforma de la ley del aborto equipara la situación de médicos y enfermeras con la de los oficiales de los campos de concentración nazis porque “Tras la promulgación de la ley los sanitarios se ven sometidos a unas obligaciones parecidas a las que tenían los soldados bajo el régimen de Hitler o de Stalin o en cualquiera de las dictaduras que existieron en el siglo XX y que realmente establecieron la legalidad de otros crímenes, menos repugnantes que el del aborto".

No le gustan los inmigrantes en sus templos; apeló a la desobediencia civil y a la objeción de conciencia en su lucha sin cuartel contra la EPC; condena al fuego eterno a las mujeres que abortan; demoniza el uso del preservativo y los matrimonios homosexuales… sin embargo aboga por la presunción de inocencia de los curas pederastas.

El arzobispo de Granada es un paladín de la confrontación y de las declaraciones racistas y homófobas al que le gusta insuflar ánimos a los grupos ultraderechistas y al que se le atribuye el mérito de haber conseguido aglutinar en su contra a diversas asociaciones de cristianos a causa de sus declaraciones incendiarias.

El arzobispo en cuestión puede “presumir” de haber sido el primer prelado español que se sentó en un banquillo como imputado y se levantó del mismo como condenado por coacciones y falta de injurias.

Es probable que vuelva a sentarse en el banquillo de los acusados si prospera la iniciativa de un grupo de ciudadanos que solicitan la intervención de la Fiscalía para que investigue si las palabras pronunciadas por el misógino arzobispo de Granada en las que incita a la violencia contra las mujeres son constitutivas de delito:

“Matar a un niño indefenso, ¡y que lo haga su propia madre! Eso le da a los varones la licencia absoluta, sin límites, de abusar del cuerpo de la mujer, porque la tragedia se la traga ella, y se la traga como si fuera un derecho: el derecho a vivir toda la vida apesadumbrada por un crimen que siempre deja huellas en la conciencia y para el que ni los médicos ni los psiquiatras ni todas las técnicas conocen el remedio”.

Estas son algunas de las otras perlas fruto de su incontinencia verbal:

“Los condones propagan el sida y los abortos provocan suicidios.

El uso ‘masivo’ de los preservativos no ha detenido los contagios del virus del sida en África, sino que lo ha propagado. A cualquier cosa, incluso estéril, se le llama matrimonio.

Vivimos en el País de las Maravillas. Educar en valores es como quitarse de la cocaína con metadona.

La sociedad actual se encuentra ante un panorama desolador, un marasmo intelectual y moral que no tiene precedentes.
Una democracia sin valores se convierte en una dictadura”.



Resulta un tanto desconcertante escuchar hablar de valores a los mismos que no respetan a las mujeres que abortan, ni a las que toman la píldora postcoital, ni a los homosexuales, a los mismos que sólo admiten un único modelo de familia excluyendo a todos los demás…

Es indignante también escuchar en boca de Carlos Osorio, otro de los monseñores integristas y Arzobispo de Valencia, que "Todas las cosas están mal pero es muy distinto quitar la vida a alguien que abusar de alguien, del que no hay derecho a abusar, naturalmente, pero no le quitas la vida" "Me remito a lo dicho al respecto por el papa Benedicto XVI”


“No tiene comparación una cosa con la otra, son dos situaciones distintas" esgrime monseñor Osorio como defensa de la “particular” escala de valores de la iglesia católica según la cual el derecho de las mujeres a abortar es un pecado mortal pero un delito cometido contra menores es simplemente una ‘situación distinta’.


25 años después de la aprobación de la ley del aborto nos encontramos con que los componentes del nutrido grupo de eminencias, título de honor otorgado a los cardenales de la ICAR, tienden a confundir, con demasiada frecuencia, las convicciones religiosas con la moral colectiva y siguen volcados en su defensa inflexible, retrograda e integrista de las posturas más radicales de la doctrina católica al tiempo que siguen empeñados en el intento de imponer su propia moral como si fuese una ley de obligado cumplimiento y ello a pesar de que su silencio sepulcral sobre el tema durante las legislaturas populares incita a pensar que los abortos que se produjeron durante los períodos de gobierno del PP eran peccata minuta.


Estos monseñores de la doble moral ignoran que la reforma de la ley del aborto, al igual que todas las leyes que se promulgan en democracia, tiene un filtro ineludible: el voto de los diputados elegidos libremente por los ciudadanos y ciudadanas.


Ya va siendo hora de que los integrantes de la Conferencia Episcopal, con el integrista Rouco a la cabeza, desistan de sus intentos, constantes y continuos, de injerencia en el gobierno de la sociedad civil escudados en la certeza de que ejercen el monopolio del poder religioso en España.


Fuente:

http://www.amecopress.net/

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